Instantes etéreos
—Asómate a la ventana— dijo mi sombra que extrañaba verme, mientras yo observaba el invierno de los que se fueron.
—¿A dónde podría irme que no me seas irremediable? —le pregunté.
—Te presiento en todo momento— afirmó mi recuerdo, y en ese instante pensé en cómo no abrazarlo y cuánto no.
—No puede ser —dije— ¿Cómo se olvida uno de lo que no se deja olvidar?
—Dejando de ser uno y siendo otro que también es uno, pero diferente del uno que no se olvida —me replicó—
Cerré los ojos y observé como danzaban todos mis tiempos abrazados entre sí. Sentí mis pies descalzos sobre la grama del jardín imaginario de la casa de mi infancia en Río Negro.
—Todo envejece, salvo mi recuerdo— balbuceé, con los ojos cerrados aún.
Volví abrir los ojos y me encontré con mi madre. Era el año 1986, un viaje sin precedentes. Nos dimos un abrazo tan grande que el tiempo se detuvo a vernos.
—Vengo del futuro, mejorando lo presente— exclamó a mi oído.
Me quedé mirándola obnubilado.
Nos sacamos una foto para registrar el momento pero como siempre, salió corrida. La próxima vez amenazaré con quedarme. Pensé.
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